"La perfección de la vigilancia es una suma de insidias" Foucault

jueves, 30 de enero de 2014

EL TREN PASA(BA) PRIMERO


Hace algunos años Elena Poniatowska, la última Premio Cervantes de Literatura, escribió una magnífica novela titulada El tren pasa primero. Cuantos mexicanos la han leído han descubierto entre sus páginas parte de la historia de un país fascinado por el tren hasta el punto de hacer una revolución a bordo de uno: ¿quién no recuerda las imágenes de los soldados de Villa sentados en las techumbres de los vagones? O más aún, cómo no recordar el magnífico corrido que Pepe Aguilar dedicó a Jesús García que logró salvar la vida de cientos de personas antes de que la máquina que arrastraba la dinamita minera estallara en mil pedazos:   
 Máquina quinientos uno,
la que corrió por Sonora,
por eso los garroteros
el que no suspira, llora.
Una fascinación aumentada, tal vez, porque México es hoy día un país sin trenes. Solamente los turísticos como “El Chepe” que recorre las Barrancas del Cobre, el “Tequila Express” lleno de turistas tan borrachos que no alcanzan ni a ver el volcán que da nombre al valle del más conocido alcohol mexicano. Algún mercancía, también, deja oír en la noche su clamor por encima del silencio de Guadalajara o de Lagos de Moreno.Y, por supuesto, el más temible, el que llaman  la “Bestia” o el "devora migrantes". El país construido desde el tren se quedó sin él. 
Difícil será que aquí lleguemos a esa situación, aunque sí parece que más de uno se empeñe en cerrar las estaciones de cualquier lugar, pongamos Ávila, que no disponga de un tren bala en su versión hispana. No hay más que ver cuáles ha sido las decisiones que en tal materia se han adoptado. Como si se quisiera que no se use el tren para luego justificar que, por escasez de viajeros, hay que cerrarlo. Por ejemplo, si alguien que vive en Ávila entra a trabajar en Madrid a las siete de la mañana, algunos hay, despídase de utilizar tren. Normal, pocos son, dirá alguno. E incluso, añadiría el del sentido común, con que tengamos uno que llegue a las ocho, hora en la que la mayor parte de los empleados inicia su jornada laboral, será suficiente. Mas quimera es dicho deseo porque tampoco existe esa opción: el primer tren matutino que cubre el trayecto abre sus puertas en Chamartín a las ocho y media (salvo que uno se atreva a entrar en el tren hotel de las siete menos veinte y buscar a oscuras y entre no buenas palabras un sitio). En todo caso, una dinámica es recurrente en los trenes que pasan por Ávila: ninguno está pensado para satisfacer, aunque sea mínimamente, las necesidades de los abulenses. Somos estación de paso, medio para otros. ¿Sólo en el tren?
Tampoco quien quiera llegar a Madrid a las 10, salvo que lo haga con hora y media de antelación, dispondrá de este medio. El procedente de Palencia que alguna vez tardó algo menos de hora y media, emplea ahora hora cincuenta para compensar recortes de cercanías madrileñas. ¡Casi dos horas para llegar a Madrid! ¿quién lo va a usar? Podrá alguno decir, y con razón, que los hay más rápidos, como el que saliendo media hora más tarde le da alcance entrando en la estación de Chamartín. Pero eso vacía al anterior, lo convierte en inútil, por más que ahora pare en pueblos a los que previamente se ha despojado de todo lo que en materia ferroviaria tenían, y pronto nos dirá adiós. 
Por otra parte, no es difícil hallar horarios absurdos. Por ejemplo los viernes, aunque sólo ese día, desde Madrid dos trenes parten de la misma estación con tres minutos de diferencia para ir echando carreritas por el camino para ver quién llega antes hasta nuestra ciudad. O, puestos al sinsentido, un tren hay que a diario se detiene en La Cañada, a días en Navalperal, para cambiar de conductor sin dejar que suba o baje pasaje. Qué decir de esa franja horaria que ve llegar tres convoyes diferentes en media hora mientras no lo ha hecho ninguno en las dos horas precedentes. También es bonito eso de doblar el nombre de algunos trenes para que parezca que hay más: anuncias dos dos donde sólo uno se desplaza. Al final, del tren nos quedarán las novelas que leeremos cuando nos montemos en otras estaciones. La de Poniatowska y también, cómo no, el  Orient Express de Graham Green o el tan conocido Asesinato en el Orient Express de Agatha Christie. Por no nombrar, a pocos días de conmemorar la memoria del Holocausto, Trenes rigurosamente vigilados del gran escritor checo Bohumil Hrabal 

miércoles, 15 de enero de 2014

SOCIEDAD EN TRANSICIÓN

Decir que una sociedad está en transición no deja de ser una obviedad pues el cambio, más allá de los deseos de los inmovilistas, es consustancial a cualquier sociedad. Hay que reconocer, no obstante, que no necesariamente todo cambio es a mejor pues hay quien, como nuestros gobiernos, se empeñan con relativo éxito en que volvamos al pasado utilizando para ello los más variopintos caminos.  Como sea, decir que nuestra sociedad está en continua transformación es necesario para comprender algunas de las cosas que nos suceden en el día a día. 
Las comunidades más “tradicionales”, aquellas en las que las relaciones se realizaban en el "cara a cara" que estudió Alfred Schütz cuando intentaba sentar las bases de la fenomenología del mundo social y las formas de la intersubjetividad, se han basado históricamente en la confianza interpersonal. Uno iba al tendero del barrio o del mercado y si no le alcanzaba con lo que llevaba en el bolsillo, se le apuntaba y no pasaba nada; dos ganaderos chocaban la mano en el mercado de los viernes, con intermediarios o sin ellos, y valía esa palabra más que cualquier papel firmado; y así sucesivamente porque la cooperación entre familias, aunque siempre de carácter técnico en la medida en que no limitaba la autonomía familiar, se consideraba un imperativo moral asentado en aquello que Durkheim llamó solidaridad mecánica. 
Pero no ocurre así en las comunidades que van de “modernas” (o lo son)  pues, como diría el jurista e historiador Henry James Summer Maine, sentando con su Ancient Law parte de las bases de la antropología, la sustitución del estatus por el contrato permite liberar a los individuos de las ataduras colectivas y asentar su actuación exclusivamente en una confianza derivada no ya de la relación personal sino del contrato mercantil entre individuos o entre estos y las instituciones. Esto es, el individualismo y las condiciones de mercado son consustanciales.
Ahora bien, en una sociedad basada en el status,  como la nuestra hasta hace cuatro días, tener padrino era condición suficiente, pero también necesaria, para ser bautizado. Valía más la posición familiar, que los méritos individuales a la hora, por ejemplo, de encontrar un trabajo. Por lo mismo, se esperaba que cualquier persona se comportase de acuerdo con esa heteroadscripción y no mancillase, perdón, el honor familiar siempre a punto de estar en entredicho. O dicho de otro modo, inherente a ese tipo de sociedad es el control social desmesurado. Como contrapartida, uno podía confiar en que si el director de una oficina bancaria le decía que guardase el dinero en un producto "preferente", allí estaría seguro; como lo estaba el coche, por decir algo, que dejaba en el taller, sin temor a que le sustituyeran una pieza nueva por otra de una chatarrería. Claro está que si uno no pertenecía a esas "familias bien" o no podía acceder a ellas por los conocidos caminos de la bragueta, debía aprender rápidamente que la opción casi exclusiva para sobrevivir era migrar.
En la sociedad del contrato mercantil la confianza, por el contrario, llega hasta donde las clausulas establecidas dicen. Ni más, ni menos. Ya puedes reclamar por las preferentes a quien considerabas como de la familia o por la avería mal arreglada. El contrato tiene sus límites y vienen delimitados en un aparataje jurídico que solamente los expertos son capaces de escrutar. Claro que se da por supuesto que ambas partes firmantes asumen los derechos de la otra parte. Lo malo ocurre, como tantas veces pasa en Ávila, cuando la tensión entre cooperación y conflicto, que diría otra vez Durkheim, se resuelve por el procedimiento que al que manda le conviene y se pasa en pocas horas del “¿cómo vas a desconfiar de mí si ya tu padre y el mío hicieron la mili juntos?” al “a mí qué me cuentas, te hubieras leído el contrato porque lo que vale es lo firmado”. Desaparecida la confianza caen, igualmente, las redes solidarias establecidas durante decenios por las diferentes familias. Así pues, ahora sí, sólo queda emigrar. En última instancia, estamos en ciudad, como todo nuestro entorno, en transición. Y, aunque no sabemos hacia dónde, se ve muy claro  dónde nos quieren llevar algunos listillos. El contrato que nos ofrecen lo dice bien claro: “la parte contratante de la primera parte será considerada como la parte contratante de la primera parte”. Y si no nos gusta, ya sabemos.

lunes, 30 de diciembre de 2013

EL POPULISMO (NOS) SALE MUY CARO (o el Déficit de Tarifa)

Andan los metafísicos contemporáneos devanándose los sesos por la irrupción de un nuevo problema que se antoja irresoluble para filósofos. No se trata de averiguar qué es el ser, qué la esencia y que la eternidad  pues la respuesta a estas cuestiones la dejaron escrita en el viento los chicos de Siniestro Total. El nuevo tema que ahora les cuestiona es cómo desentrañar los mecanismos que explican el precio de la energía en España. No cómo entender la factura, sino por qué cada cosa vale lo que cuesta. Y así que si subasta para arriba, que si ministro para abajo nos la lían parda cada día.  Y entre tanto follón, parece que pocos quieren acordarse que parte del problema nace del barato populismo del señor Rato que, además de hundir empresas en varios sectores y visitar el FMI, fue ministro de la cosa del dinero.
Liberal que era el señor, decidió que nada mejor que el precio de la energía eléctrica se sometiera a los vaivenes de lo que algunos han llamado libre mercado que mercado es, pero de libre poco tiene. Pero, parece ser, se asustó de los efectos que en votos esta medida podía tener y decidió, sin aparente contradicción, que el mercado eléctrico sería libre pero regulado. O sea, libre para que las compañías ganaran, pero regulado para que, si no llegaban a lo esperado el gobierno, o sea todos nosotros, les compensáramos. Se inventó un bonito concepto: el déficit de tarifa. ¿Pero, hay tal? 
Cuánto cuesta producir energía eléctrica, pongamos en el embalse del Burguillo inaugurado allá por 1913. Supongo que, como hace tanto que las turbinas comenzaron a dar vueltas, producir esta energía no es particularmente costoso porque la empresa propietaria solo tiene que cubrir los costes de mantenimiento de la central que, por lo demás, ya está más que amortizada. Y lo mismo ocurre con gran parte de las centrales hidroeléctricas del país que llevan funcionando decenios. Sin embargo, la producción de electricidad en una central térmica, pongamos por caso la de la Robla, en León, aunque podría ser otra, es muy cara a pesar de hallarse en un lugar magníficamente comunicado. De los dos grupos que tiene esta central uno no lleva ni treinta años conectado a la red, por lo que todavía la inversión estará lejos de ser amortizada. Pero, además, funciona con carbón cuya producción está subvencionada para que sea rentable (ayudado porque las mineras son buenas en el arte de recoger subvenciones y despedir trabajadores o precarizarlos). Eso cuando no se tiene que importar de allende el mar. Y aquí no incluimos los costes derivados de la contaminación producida, que no es poca, según cuentan los informes de la propia empresa. 
También es diferente lo que cuesta producir electricidad en las diez centrales nucleares, diez, que cuenta el país y que, de paso sea dicho, han sido convertidas, malgré tout,  en la segunda fuente de producción energética del Estado. Esta energía resulta muy cara y no sólo por las descomunales inversiones que fueron precisas, incluyendo las que nunca llegaron a producir un kilovatio, como Lemoniz. Sumémosle a estos costes los derivados de la cercana fábrica de enriquecimiento de uranio de Juzbado, en la provincia de Salamanca, el centro de almacenamiento de residuos radiactivos de El Cabril, en Córdoba, y el famoso ATC que se quiere sembrar en la Mancha. 
Más difícil resulta calcular el  coste real de la producción eléctrica a través de las necesarias y cada vez más numerosas, hasta la llegada del actual gobierno, energías renovables. Difícil en su conjunto porque junto a grandes inversiones que precisarán años para la amortización, hay otras menores; de la misma forma que hay algunas que llevan muchos años y otras que son recientes.  En adición, no es lo mismo una central eólica que una solar o que la producción a través de los llamados biocombustibles. Ni tampoco las primas que unos y otros han podido obtener en los últimos años. En suma,  hay energía eléctrica muy barata y otra muy cara en  función del procedimiento utilizado para generarla. Sin embargo, por la línea que conecta nuestras viviendas o nuestras empresas a la red no hay discriminación de origen: la barata y la cara llegan, por así decirlo mezcladas. Aquí dónde está parte del negocio: los consumidores pagamos toda al precio de la más cara. Da igual de dónde venga. Lo mismo da que haya sido producida en el citado Burguillo, en La Muela, en Vandellós o en Las Cogotas, donde hace pocos años se instaló una minicentral que, el alcalde dixit, permitiría pagar toda la luz de Ávila. Pero, imagine usted que va a comprar cuatro cajas de cualquier producto cada una de ellas con una calidad y un precio. ¿Consentiría que se las cobrasen todas al precio de la más cara? De ninguna manera. Cada una a su precio o, cuando menos, hágame la media. Sin embargo, con la electricidad no es así porque la pagamos toda al precio de la cara, aunque además no sea de más calidad. Dicen que, además de subastas, peajes y otras zarandajas varias, hay un déficit de tarifa porque  venden por debajo del precio de producción y eso hay que pagarlo a parte. Pero esto no llega ni a verdad a medias que, entre otras cosas, nos obliga a pagar la energía barata a precio de oro y la cara, también. Y eso porque a este lío del no déficit de tarifa hay que sumarle que las subastas son puramente especulativas y nada tienen que ver con el precio real de la producción del kilovatio

lunes, 16 de diciembre de 2013

ESPECTÁCULOS A GOGÓ

Se ha convertido ya en tópico decir que todo el mundo está conectado, hiperconectado dicen algunos, y que la inmediatez con que las noticias corren merced a las redes sociales y otros instrumentos permite que todo se sepa al instante en cualquier lugar del planeta. Así será seguramente. Sin embargo, he tenido la oportunidad de pasar unos días en un lugar donde la cosa del internet era quimera y las oportunidades para informarme de lo que acontecía se limitaban a una cadena de televisión local. Fue pues agradable sorpresa ver que en los titulares del informativo se anunciaba una noticia sobre España en la que, según se avisó, se daría cuenta de la ejemplar decisión de un político andaluz. No es que esperara conocer alguna dimisión, pues sabido es que aquí no dimite nadie. Imaginé que hablarían de los líos de los ERE, de la nueva presidente o de algo semejante. Mas mi gozo en un pozo.  Al parecer, en estos tiempos de políticos tan denostados, uno, alcalde de un municipio malacitano, no me pregunten cuál, había decidido dimitir de su puesto para marcharse a Panamá donde un amor le esperaba para contraer matrimonio. La noticia, cual se debe, vino profusamente ilustrada con imágenes del lugar, palabras del munícipe y, cómo no, de los vecinos del pueblo.
Si tal noticia me causó cierto estupor, no fue menor el que me asaltó al día siguiente al oír el anuncio de una formidable polémica suscitada en Cataluña. Cómo no suponer que el tema en cuestión sería la independencia, aunque aún faltaran algunos días para que Mas anunciara las preguntas de marras, o cualquier otro asunto que llenan páginas en los periódicos, como las agencias de investigación, o que no salen en los papeles como que el abogado de la presidenta del PP es el mismo que, siendo juez, redactó la condena a muerte a Puig Antich. Pero hete aquí que no. Que la pelotera  nacía de que algún avispado ha llenado el mercado prenavideño de “caganer” con la imagen de la Virgen de Montserrat. 
Aunque no digo yo que no moleste a más de uno ver al descuido la oscurecida conclusión de la espalda de la Mare de Déu en tan escatológica disposición, ambas noticias me llevaron a pensar qué sabrían los habitantes de aquel del lugar de lo que ocurre en España. Nada de crisis, parados, recortes, inepcias y corrupciones: solo amor y burla indisimulada. Pues qué alegría. Y qué desvarío. El problema, si lo es, es tanto qué conocen los otros de nosotros, como qué somos nosotros capaces de saber de los otros. Porque un repaso a las noticias que de otros países nos llegan, pone nítidamente de manifiesto que solo aquello que es insólito, incluso donde acontece, nos es vendido a través de los canales televisivos. Es decir, da la impresión de que conocemos de los otros, incluidos nuestros exóticos cercanos, un conjunto de estereotipos animados con curiosidades que atraen al espectador. Por ejemplo, sabemos con quién se fotografió Obama en el funeral de Mandela, pero no cuáles eran las bases del pensamiento político de éste más allá de una síntesis repetida por los telediarios. Por si poco fuera, con excesiva frecuencia, estas noticias son resaltadas por la prensa digital en esa sección que las ordena no por su relevancia o impacto en nuestra vida cotidiana, sino por su popularidad medida en “lo más visto”. Al final va a tener razón Vargas Llosa cuando denunciaba en  su ensayo La civilización del espectáculo que en nuestra sociedad  entretenerse y huir del aburrimiento se han convertido en valores fundamentales. 
Frente a  esta tendencia, nuestras des-preocupadas autoridades educativas, en lugar de hacer que nuestros jóvenes aprendan a pensar por sí mismos, eliminan cualquier posibilidad de reflexión propia en los nuevos planes que aprueban. Luego que nadie se extrañe si, como ha ocurrido, se recogen más de 70.000 firmas para que sean otros los actores protagonistas de 50 sombras de Grey y menos de diez mil para solicitar al Senado que la Lomce no redujera la filosofía más de lo que ya  lo hizo la Loce. 

domingo, 8 de diciembre de 2013

DE CAUSAS Y EFECTOS

Desde Aristóteles hasta nuestros días miles han sido las páginas que se han escrito para elucidar la diferencia entre causas y efectos o entre tipos de causas. Y, aunque a nadie que camine por el campo y vea el suelo mojado se le ocurriría decir que el barro que pisa es causa de la lluvia, sino su efecto, se repiten con profusión los discursos políticos en que las unas se revisten con el ropaje de los otros. Difícil resulta pensar, las más de las veces, que no hay una explícita u oculta intencionalidad en tal confusión. No es, por supuesto, novedad reciente. Una mirada al pasado, cercano o lejano, permite observar cuántas han sido las veces en que los verdugos se han querido presentar como víctimas para justificar sus desmanes y tropelías. Costumbre ha sido de regímenes totalitarios y democráticos buscar, por ejemplo, un chivo expiatorio para cualquier crisis, real o ficticia, y presentarlo como causa de todos los males imaginables, aunque fuera quien más duramente recibiera sus efectos. De hecho,  no hay más que ver cualquier informativo, para comprobar cómo se responsabiliza a los que sufren de los sufrimientos que les son infligidos y aún se les quieren hacer pagar el bienestar de los que lo tienen.
¿Cuántas veces hemos oído, y tendremos que seguir escuchando, que la causa de la crisis es que los que nunca habían vivido bien han querido vivir por encima de sus posibilidades? Que la causa de su pobreza es que han tenido el anhelo de comer cada día, de tener un trabajo y una casa. Como si eso fuera privilegio exclusivo de unos pocos y no derecho inalienable de todos. O, quedándose más cerca, que aquellos que quieren recuperar los cuerpos de familiares que fueron muertos y despreciados, solo quieren reabrir heridas (que otros les hicieron) cuando sólo pretenden cerrar las que siguen supurando. O que determinadas instituciones son imprescindibles porque gracias a ellas, se mantienen tales o cuales servicios que las más de las veces son innecesarios. 
Ahí están los numerosos próceres que repiten con una saciedad que revela lo mucho que en ello se juegan, que las diputaciones provinciales son imprescindibles para el mantenimiento de los pueblos. Pero, una vez más la relación causa-efecto va al revés: son los pueblos los que son imprescindibles para que haya diputaciones. Aquellos pueden sobrevivir sin éstas, pero estas caras gestorías no podrían subsistir sin aquellos. De hecho son los municipios quienes con sus peticiones continuas permiten que las diputaciones existan. Es más, pueblos hay que solicitan ayuda o asesoramiento a otras instancias públicas o privadas prescindiendo de las diputaciones y siguen manteniéndose como si tal cosa. No hace falta salir de nuestra provincia, ya no digamos de nuestra comunidad autónoma, para ver ayuntamientos que prefieren gastarse sus dineros (los tengan o no, que esa es otra cuestión), contratando abogados, arquitectos o lo que precisen, sin acudir a las diputaciones.
No falta tampoco quien acuse de todos los males del mundo a aquellos que no se avienen a remar en la dirección que decide quien manda, aunque a veces este ordene dar vueltas en círculo buscando una salida del laberinto en que a todos ha metido. Ante el aplauso complaciente de algunos de sus seguidores, un conocido responsable político osó, un mes atrás, asegurar que la causa de nuestra falta de progreso es que la oposición no le da la razón y le critica cada vez que tiene una idea –no dijo si ésta era buena o mala-. Totalmente henchido por la beatífica sonrisa de los suyos completó su palabra diciendo aquello de que para lo que hacían, esa molestia diaria, sobraban y mejor harían con irse a otro lugar. Por supuesto, todo ello sin dejar de pensar que su discurso institucional era la encarnación de los valores democráticos, como añadió más tarde.
Que no se atreviera a pensar que tal vez la causa de las críticas, y de la ausencia del progreso que reclamaba, era su pésima gestión, no es novedad porque decenios llevamos, en nuestro país y en otros, haciendo responsables, esto es causantes, de todas las perversiones de la vida moral a quienes las denuncian y no a quienes las practican. 

lunes, 18 de noviembre de 2013

EL MURO

Una de las más absurdas, y a la vez dramáticas, cosas que he podido ver son las tres vallas que componen el muro que, en medio del desierto cerca de Tijuana, separan México de los Estados Unidos. Viendo esta estructura kilométrica que se adentra en el Pacífico, la imagen que se me venía a la mente no era la tan castellana expresión de “poner puertas al campo”. Más bien, me asaltaba el recuerdo de la Cortina de Hierro, que dicen en la América que habla la misma lengua que nosotros y que nosotros denominamos en su día Telón de Acero. Cierto que en algunos lugares esta cortina era poco más que una alambrada que mal podía detener el paso de nadie. De no ser, por supuesto, porque permanente estaba vigilada por metralletas que eran disparadas sobre cualquiera que se acercara. En otros lugares, el más conocido Berlín, el telón se sustituyó por un muro de hormigón semejante al que en nuestros días el Estado de Israel construye para aislarse de los palestinos o el que Haití, siempre olvidado si un terremoto no lo sitúa en primer plano de la actualidad, quiere levantar en parte de su frontera con la República Dominicana.
Puede alegarse, no faltará quien lo haga, que no siempre persiguen el mismo fin estos parapetos. Así, el Telón de Acero se hizo para impedir que nadie saliera de los países totalitarios que lo levantaron. El de los Estados Unidos, sin embargo, se ha construido para impedir que nadie que llegue del sur y haya logrado superar el desierto, pueda entrar. Pero, con uno u otro objetivo, el resultado ha sido siempre el mismo:  el enriquecimiento de las mafias que buscan pasos ocultos y la muerte y desolación de quienes, siguiendo el rumbo de las nubes que ningún muro detienen, quieren andar los caminos para dar una mejor vida a los suyos.
Quien se escandalice, y muchos son, por la presencia de estos muros, pasados y presentes, que se hallan en parajes alejados u olvidados, deberá necesariamente sentir aversión por las recientes medidas que nuestro gobierno ha adoptado para fortalecer la valla de Melilla. Para mejor protección, dicen, serán reforzadas con cuchillas que hieran a quien las quiera escalar y con la concertina, inventada en la primera guerra mundial para mejor matar a todos los que querían salir de las trincheras y quedaban enganchados en ella. No parece en este caso que el conocimiento de la historia nos lleve a eludir errores en el presente. De hecho, aún no se han olvidado los ecos de los efectos que esta medida tuvo cuando en 2005 el gobierno precedente ordenó que la alambrada melillense se llenara de cuchillas. Dos años después, tras constatar cómo cientos de personas resultaban heridas de gravedad sin posibilidad de tener posteriormente asistencia médica, el mismo gobierno que las puso hubo de hacer caso a la presión de las asociaciones de derechos humanos y retirarlas.
Y hoy, ahí vuelven a estar las cuchillas y la alambrada coronada por esa concertina de seguridad con nombre de instrumento musical mientras nos indignamos por centenares de muertos en la Isla de Lampedusa y por la hipocresía de quienes lo lamentan mientras los condenan a morir ahogados. Pedir la eliminación de esas cuchillas que llenan el suelo fronterizo, por el lado marroquí, de sangre de quien sólo quiere vivir, no es una cuestión ideológica. No tiene que ver ni con las izquierdas ni con las derechas o con ser mediopensionista. Es simplemente humanidad. Nadie que quiera llamarse humano puede pensar que no son responsabilidad nuestra los muertos que caen al otro lado de la valla o los que se ahogan en las aguas el Estrecho.

martes, 5 de noviembre de 2013

¿DEMOCRACIA A LA GRIEGA?

Frases hay que, de tanto repetirlas, nada dicen. Quedan tan vacías que su significado se torna extraño. Tanto que no prestamos atención al contenido de las palabras proferidas. En estas divagaciones me sorprendí al escuchar hace unos días a quien me repetía que, ante la actual crisis del sistema de partidos, hay que volver a la "democracia a la griega”; pero  a la clásica, me quiso aclarar, no a la  de la actual Grecia, que, al fin y al cabo, es tan caduca como la nuestra. Parece que extrañó a mi interlocutor mi cara de estupefacción porque raudo añadió: lo que hay que hacer es "devolverle el poder al pueblo". Pero, si difícil es devolver lo que nunca se ha tenido, ya no quise preguntarme quién tenía que devolverlo. Bienvenida, en todo caso, la intención sea que me recordó al espanglish del más conocido éxito de Molotov, la banda mexicana:
Dame dame dame dame todo el power 
para que te demos en la madre 
Game gime gime gime todo el poder 
so I can come around to joder  
Dámele, dámele, dámele, dámele todo el poder 
Dámele, dámele, dámele, dámele todo el power  

Rolas contrafrijoleras aparte, tal vez fuera bueno recordar que entre la democracia griega y la actual lo único que hay en común es el nombre. Como hace ya años señalara Sartori, en estos ámbitos homonimia no debe confundirse con homología.
Pero, ya puestos, podríamos preguntarnos si acaso puede la democracia griega, la clásica, me refiero, enseñarnos algo sobre el sistema político que hoy llamamos tal. Y lo cierto es que más allá de vaivenes románticos, lo cierto es que no. O, muy poco. Entre otras cosas porque, por mucho que se identifique la polis con la ciudad-Estado, nunca fue Estado. O lo que hoy conocemos por tal. Sin embargo, lo que hoy llamamos democracia parte justamente de la existencia de esta estructura y en ella debe desarrollarse. Cierto que no ha de faltar quien proclame que, a diferencia de lo que ocurre en la actual democracia que se asienta en la representación, en Grecia era directa. Pero lo era porque se daban determinadas condiciones socioeconómicas que hoy nos parecerían aborrecibles (como un sistema productivo asentado en la esclavitud que parece algunos añoran); o como un sistema social en el que no existían ni libertades ni derechos que pudiéramos llamar individuales (aunque sólo fuera porque hubo que esperar a la llegada de los filósofos cristianos para descubrir eso de la “persona”).   
Cosa distinta es que esta constatación nos deba a llevar a limitar nuestro sistema político a un sistema electoral donde los gobernados sólo nominalmente ejercen un poder que es detentado, no pocas veces de modo arbitrario, por quienes de él viven. Y en el que, además, se mantienen, en demasiadas ocasiones, debido a la que Michels denominara “Ley de hierro de las oligarquías”. O algo tan alejado del interés general como que ahora no les viene bien dejarlo porque no tienen otra cosa de qué vivir como les pasa con tantos conocidos que para qué enumerar. Parece pues que hemos pasado en las últimas décadas de una democracia gobernante a una democracia gobernada por unos pocos en la que, nuevamente Sartori dixit, lo relevante es el control de los mecanismos de formación de opiniones. Justamente por ello, y tal vez consciente de que no hay democracia sin opiniones libres, una querida periodista abulense concluyó meses atrás su conferencia sobre Josefina Carabias en el foro Guiomar de Ulloa recordando que sin medios de comunicación libres, no hay democracia. Y libre no es, en este caso, una abstracta noción sino un mero sinónimo de capacidad de enfrentarse a quien manda sin el temor de que éste ahogue económicamente a la empresa en la que trabajas. Pero, tan importante como eso, sino más, para garantizar uno de los puntales de la democracia cual es la libertad, es tener un sistema educativo que no sea doctrinario. Un sistema, que con siglas o sin ellas, enseñe a los más jóvenes a pensar por sí mismos. Una educación doctrinaria, cualquiera que sea la doctrina, es patrimonio de los sistemas totalitarios. Y estos, incompatibles con la democracia.