"La perfección de la vigilancia es una suma de insidias" Foucault

viernes, 30 de enero de 2015

NO SIEMPRE 4+1 ES IGUAL A 3+2

Nuestro ínclito ministro de educación, cultura y deporte, ha tenido una nueva ocurrencia –o tal vez haya sido alguien de su equipo y él sólo la expone-. Resulta que no le gusta el sistema universitario de Bolonia, así es que  ha decidido que va a sustituirlo por otro. No pretende ajustar aquello que no va bien, algo que sería razonable. Sino directamente cambiarlo. De cabo a rabo. Cómo. Sustituyendo los grados de cuatro años, seguidos de un máster de uno, por otros de tres años, más dos de máster. Con ello, caso de que se implantara, tendríamos algunas universidades en el país en las que simultáneamente habría licenciaturas de cinco años a punto de extinguirse, grados de cuatro y grados de tres. Y máster de uno y de dos.
Dicen los listos de ministerio que así iríamos a la par que Europa. Que nuestros hijos tardarían menos que ahora en llegar al mercado laboral. No hay duda que resulta necesario renovar continuamente la universidad. Pero menos aún la hay de que no se pueden hacer cambios drásticos sin previamente evaluar si lo que hay funciona o no. Sin embargo, el sistema que nos impuso el anterior, el famoso plan Bolonia, está tan recientito que todavía no ha dado tiempo más que a que comience a dar sus primeros frutos. Es más, universidades hay donde está comenzando a implantarse ahora. No ha habido tiempo, por tanto, para evaluarlo y mucho menos para tener una visión de conjunto. Intuimos, pero no sabemos, qué va bien, qué va mal y qué ni siquiera va. Sabemos, eso sí, que tras los grados boloñeses, los máster multiplicaron sus precios al ritmo que bajaban las becas. Se pretende ahora que estudie la mocedad tres años de universidad al cabo de los cuales en la mayor parte de las disciplinas estarán sin apenas preparar. Volverán, por tanto, pero camufladas y con nombre cambiado, aquellas diplomaturas que hubo que transformar y pasar a licenciaturas porque no había tiempo para formarse.  Eso sí, los graduados con tres años, si quieren entrar en el mercado laboral, se verán abocados a realizar un máster. Cuánto tiempo: dos años. Vaya, los cinco de antes. La diferencia es que los dos años de máster costarán un pico. Pero nadie podrá quejarse porque la enseñanza básica universitaria –el grado- solo serán tres años y, en todo caso, quien quiera máster, ya sabe: que pida un crédito-matrícula y arreglado. Así, no siendo que vayan a quebrar, echaremos en manos de los bancos a los jóvenes sin que tengan que esperar algunos años más.

Ya puestos, alguien se ha preguntado en ese ministerio si están ahora mismo las ahogadas universidades en condiciones de asumir cambios drásticos dedicando parte de su personal a pensar en nuevos planes educativos, ofertas, estructuras, etc. Parece que no. Aún más. Se han preguntado acaso, y esto es lo relevante, si sustituir el 4+1 por el 3+2 mejorará la calidad de la enseñanza universitaria o si meramente permitirá ahorrar a las universidades por la vía de la reducción de plantilla mientras se expulsan jóvenes que no puedan pagar las tasas. No extraña que a las universidades españolas les cueste estar en los mejores puestos de los rankings internacionales: cada ministro que llega trae una varita mágica bajo el brazo que todo lo cambia y que obliga a las universidades a dedicar más esfuerzos y presupuestos a contentar a los nuevos ministros, es decir a ajustarse a las normas que cambian cada día, que a investigar o a mejorar la docencia.



miércoles, 7 de enero de 2015

¿ACASO NO SON HOMBRES?

 La  Española. Cuarto domingo de adviento. 21 de diciembre de 1511. Fray Antonio de Montesinos sube al púlpito de una iglesia abarrotada en cuyos primeros bancos se sientan las autoridades, incluido el Almirante Diego de Colón, gobernador de la isla. Año y medio antes, en compañía de fray Pedro de Córdoba, fray Bernardo de Santo Domingo y fray Domingo de Villamayor, había partido desde el convento abulense de Santo Tomás  –en cuya puerta se les recuerda con un monolito-. Montesinos se dispone a hablar en nombre de la comunidad dominica que lo ha elegido como portavoz para la prédica dominical. Mira a la concurrencia y les exhorta a que presten atención porque van a oír  la palabra “más áspera y dura y más espantable y peligrosa que jamás no pensasteis oír.” Antes de que los atónitos mandarines comiencen a moverse inquietos en sus asientos, la voz del fraile les advierte de que “todos estáis en pecado mortal y en él vivís y morís, por la crueldad y tiranía que usáis con estas inocentes gentes.” Y recordándoles a los taínos que tan mal trataban, les inquiere “estos, ¿no son hombres? ¿No tienen ánimas racionales? ¿No sois obligados a amallos como a vosotros mismos? ¿Esto no entendéis? ¿Esto no sentís? Tened por cierto, que en el estado que estáis no os podéis más salvar que los moros o turcos que carecen y no quieren la fe de Jesucristo.”

Quinientos tres años después, puede uno imaginarse a Montesinos al pie de las vallas melillense o ceutí gritando lo mismo: ¿acaso no son hombres? Pero seguro que el dominico, viendo las heridas provocadas por las concertinas, no lanzaría tales diatribas contra los agentes que cumplen órdenes, sino contra quien se las ordena desde un confortable despacho de Madrid antes o después de ir a misa. Más de uno, viendo a esos uniformados, recuerda aquello del Mío Cid de “qué buen vasallo, si oviesse buen señor.” Pero, el señor de marras está enredado en el arte de la confusión de causas y efectos y buscando qué prohibir. Porque con la ley mordaza, ese “monstruo jurídico” que ha pasado recientemente por el congreso, el buen fraile Montesinos podría ser sancionado por ofender a España. Máxime, si tenemos en cuenta que ante las amenazas que las autoridades vertieron contra los dominicos amenazándolos con expulsarlos de la isla, los frailes volvieron al siguiente domingo, 28 de diciembre, con un sermón en el que erre que erre, denunciaban los atropellos que cometían los que olvidaban los derechos que los seres humanos tienen por el simple hecho de serlo.

Omisión que, por lo demás, parece que ocurre frecuentemente en el ministerio del interior. Un derecho es un derecho y por mucho que nuestros diputados aprueben leyes que pretendan obviarlos, no desaparece en el agua, como  lo han hecho cerca de 20.000 personas que en el último decenio han dejado su vida en aguas territoriales españolas en su intento de llegar a la costa. Recomendable sería pues que estos adalides de la inmaculada constitución, para lo que quieren, se la vuelvan a leer y redacten  leyes, si preciso es, que sean acordes con su espíritu y su letra. Leyes que no la contradigan. Y por si algún desmemoriado hay entre los que la muestran pero no la abren para leerla, puede recordárseles que dice uno de los artículos de la mentada carta que “las normas relativas a los derechos fundamentales y a las libertades que la Constitución reconoce se interpretarán de conformidad con la Declaración Universal de Derechos Humanos y los tratados y acuerdos internacionales sobre las mismas materias ratificados por España.”  Si no la cumplen, por mucho que la tengan en la boca, no se quejen después de que cada vez haya más personas que pidan que se cambie total o parcialmente.

martes, 9 de diciembre de 2014

NO SIEMPRE 4+1 ES IGUAL A 3+2

       Nuestro ínclito ministro de educación, cultura y deporte, ha tenido una nueva ocurrencia –o tal vez haya sido alguien de su equipo y él sólo la expone e impone-. Resulta que no le gusta el sistema universitario de Bolonia, así es que  ha decidido que va a sustituirlo por otro. No pretende ajustar aquello que no va bien, algo que sería razonable. Sino directamente cambiarlo. De cabo a rabo. Cómo. Sustituyendo los grados de cuatro años, seguidos de un máster de uno, por otros de tres años, más dos de máster. Con ello, caso de que se implantara, tendríamos algunas universidades en el país en las que simultáneamente habría licenciaturas de cinco años a punto de extinguirse, grados de cuatro y grados de tres. Y máster de uno y de dos.  
Dicen los listos de ministerio que así iríamos a la par que Europa. Que nuestros hijos tardarían menos que ahora en llegar al mercado laboral. No hay duda que resulta necesario renovar continuamente la universidad. Pero menos aún la hay de que no se pueden hacer cambios drásticos sin previamente evaluar si lo que hay funciona o no. Sin embargo, el sistema que se nos impuso hace tan poco, el famoso plan Bolonia, está tan recientito que todavía no ha dado tiempo más que a que comience a dar sus primeros frutos. Es más, universidades hay donde está comenzando a implantarse ahora. No ha habido tiempo, por tanto, para evaluarlo y mucho menos para tener una visión de conjunto. Intuimos, pero no sabemos, qué va bien, qué va mal y qué ni siquiera va. Sabemos, eso sí, que tras los grados boloñeses, los máster multiplicaron sus precios al ritmo que bajaban las becas. Se pretende ahora que estudie la mocedad tres años de universidad al cabo de los cuales en la mayor parte de las disciplinas estarán sin apenas preparar. Volverán, por tanto, pero camufladas y con nombre cambiado, aquellas diplomaturas que hubo que transformar y pasar a licenciaturas porque no había tiempo para formarse. Eso sí, los graduados con tres años, si quieren entrar en el mercado laboral, se verán abocados a realizar un máster. Cuánto tiempo: dos años. Vaya, los cinco de antes. La diferencia es que los dos años de máster costarán un ojo de la cara. Pero nadie podrá quejarse porque la enseñanza básica universitaria –el grado- solo serán tres años y, en todo caso, quien quiera máster, ya sabe: que pida un crédito-matrícula y arreglado. Así, no siendo que vayan a quebrar, echaremos en manos de los bancos a los jóvenes sin que tengan que esperar algunos años más. 
Ya puestos, alguien se ha preguntado en ese ministerio si están ahora mismo las ahogadas universidades en condiciones de asumir cambios drásticos dedicando parte de su personal a pensar en nuevos planes educativos, ofertas, estructuras, etc. Parece que no. Aún más. Se han preguntado acaso, y esto es lo relevante, si sustituir el 4+1 por el 3+2 mejorará la calidad de la enseñanza universitaria. Porque da la impresión de que lo que se persigue es meramente ahorrar por la vía de la reducción de plantillas del profesorado universitario convertido recientemente en chivo expiatorio de tantos problemas. Si, al hacerlo, se expulsa de la universidad a miles de jóvenes que no podrán pagar las desorbitadas tasas de los másteres, parece que no les importa a quienes creen que la universidad debe ser solo para una élite. No extraña, mientras tanto, que a las universidades españolas les cueste estar en los mejores puestos de los rankings internacionales: cada ministro que llega trae una varita mágica bajo el brazo que todo lo cambia y que les obliga a dedicar más esfuerzos y presupuestos a contentar a los nuevos ministros, es decir a ajustarse a las normas que cambian cada día, que a investigar o a mejorar la docencia.

miércoles, 2 de julio de 2014

“ES UN DESIERTO CIRCULAR EL MUNDO, EL CIELO ESTÁ CERRADO Y EL INFIERNO VACÍO”

En 2014 concluiremos en España, según dicen las más razonables previsiones, con medio millón menos de extranjeros censados que en 2013. En 2013 ya hubo menos extranjeros censados en España que en 2012. En 2012 ya hubo menos que en 2011. Y en ese año, menos que en el anterior. Como consecuencia de estas reducciones, según dicen las estadísticas del instituto nacional del mismo nombre, en cuatro años un millón menos de extranjeros vivirán en España. Pero como hablar de personas de otra nacionalidad evoca en la mente de los más, imágenes de patera y de desolación entre aguas, bueno será recordar que, en números redondos, un millón de los actualmente censados en España son de Gran Bretaña, Alemania, Italia, Portugal y Francia. 
A cuento vienen estos datos de que muchas gentes biempensantes se han escandalizado en los últimos días al ver a miles de niños abandonados, o viajeros solitarios, en la frontera entre México y los Estados Unidos. Como si no los hubiera en las fronteras que la Unión Europea teje y enreda por todo el sur. Pero aquellos están lejos y evitan o mitigan, gracias a la distancia, nuestra sensación de culpa. Estos otros, cercanos, mirando a través de las vallas cada vez más ensangrentadas o tirados en el fondo de paquebotes que llegan al sur de Italia, de Malta o de cualquier playa gaditana, nos asaltan con su proximidad invitándonos a la cotidiana hipocresía. Dice el informativo que no se comprende cómo esas mujeres, inconscientes suena el murmullo no explícito, son capaces de lanzarse al mar con sus hijos recién nacidos o aún por nacer. Otra vez el discurso fingidor que no quiere ver que la inmensa mayoría de esos pequeños y de esos embarazos son parte del pago que las mujeres que migran tienen que hacer con su propio cuerpo en forma de violaciones sufridas desde que salen de sus pueblos. 
 Pero miramos como si no fuera con nosotros. Como si quienes huyen del hambre de sus hijos, de la guerra de sus padres, de la desolación de un territorio devastado, fuesen los causantes de su propia incuria. Habría que recordar las tesis ya clásicas de André Gunder Frank  quien mostró como el subdesarrollo no era más que la cara oculta del desarrollo; que no hay progreso y crecimiento de unos países y sus habitantes sin el retroceso y empobrecimiento de los otros. Así pues, basta ya de que en este o aquel partido político, en este o aquel medio de comunicación, se hable de “ilegales”, como si una persona pudiera ser tal. Porque, efectivamente, las acciones contrarias a la ley son ilegales. Pero, no las personas. Muchas de ellas, por cierto, arrumbadas y desechadas como si no lo fueran en esos infames guantánamos entre nosotros, que son los “centros de internamiento para extranjeros”. Esos que por toda Europa, se llenan de gentes que no han cometido delito alguno.
Pero para dolorosa ironía, mientras nuestras autoridades -nacionales e internacionales- hacen todo lo posible para impedir que otros lleguen hasta la atalaya desde la que vemos el mundo, comentaristas hay que se alarman y gritan por los rincones ante el inminente suicidio demográfico al que Europa, y España en particular, se abocan. Miran algunos los campos que antes fueron fértiles y ahora languidecen desatendidos; lamentan que lo antaño fecundo, sea hogaño yermo y que se vacíen de vida los pueblos. Y para ponerle remedio se juntan y elaboran complejas e inútiles agendas destinadas a atraer a quien no quiere venir y a cerrar la puerta a quien quiere entrar. Suspiran por el envejecimiento de la población a la vez que estigmatizan a los miles de jóvenes que ven desde el otro lado del Estrecho, como diría Octavio Paz, que “muere de sed el mar”. Y todo ello, nuevamente el mismo poeta que me permite titular esta columna, sin percartarse que “es un desierto circular el mundo.” En esta última colaboración antes del verano, tal vez lo único que se pueda decir, con palabras prestadas de Caballero Bonald, es que en este tiempo que nos vienes, sean “bienaventurados los insumisos.”

lunes, 16 de junio de 2014

LA RESISTENCIA

La irrupción de nuevas formas de hacer política –o no tan nuevas porque las elecciones son bien antiguas-, ha generado una pléyade de expertos que recorren las tertulias televisivas realizando prolijos análisis sobre las resistencias al poder y sus efectos. Y bien está que tales análisis asalten la cotidianeidad porque, en última instancia, como sugiriera Lila Abu-Lughod, la utilización de los mecanismos de resistencia como diagnóstico para analizar el poder permite, igualmente, apreciar la existencia de cambios históricos en las formas concretas en que ese poder se expresa. Es decir, que si hay cambios en las formas en que se expresa la resistencia al poder es, básicamente, porque éste ha cambiado su forma de operar. Y esto, como poco, lo sabemos etnográficamente desde que hace 25 años Lila Abu-Lughod escribiera “El romance de la resistencia: el rastreo de las transformaciones del poder a través de las mujeres beduinas” para analizar los estudios sobre la resistencia en las teorías sobre el poder. Partiendo de la expresión de Foucault según la cual “allí donde está el poder, está la resistencia”, esta antropóloga americana de la Universidad de Columbia, de ancestros judíos y palestinos, propuso, tras años de trabajo de campo entre las beduinas egipcias, que el poder es por definición represivo pero la resistencia no puede considerarse como algo externo al mismo. O dicho de otro modo: las formas de resistencia no pueden discurrir al margen y de manera independiente de los sistemas de poder. Y eso es algo que deben saber quienes dicen, desde espacios de poder, no querer saber nada del mentado poder.
Ahora bien, algunos de esos tertulianos citados parecen no haberse percatado de lo que ya planteara Michael Herzfeld al desarrollar su teoría sobre la “intimidad política”. A saber, que el que actores inexpertos en política –aunque tengan éxitos electorales- atribuyan al “sistema”  o a un sucedáneo suyo de nombre más comercial la culpabilidad de que todo vaya mal, sirve fundamentalmente para reforzar el poder de éste. No se llega, en todo caso, a esas disonancias tan en boga en nuestros días –ya se sabe, “yo no soy racista, pero…”, “yo no soy machista, pero…”, “yo no soy monárquico, pero…”, que indefectiblemente concluyen cambiando la forma de pensar para ajustarla a la de actuar. Esas disonancias que asumen por lo demás que la coherencia está sobrevalorada y que más vale seguir actuando como se ha hecho siempre, aunque se piense lo contrario. Tantos son los ejemplos en la política nacional y, cómo no, en la local, que para qué traerlos a colación si aquí vale más la exaltación del postmoderno evento que intentar la armonía entre ser, pensar y actuar.
Lo que sí hacen, sin querer o sin saber, al exagerar la capacidad de resistencia  de los desposeídos y los éxitos que obtienen, posiblemente como remedo sustitutivo de  postromántico  socialismo (no de partido, of course), es, ya lo explicó Mathew Gutmann,  limitar la capacidad de actuación de los genuinamente débiles a los que se excluye por no tener supuestamente conciencia política o tener una “falsa conciencia”. Menos mal que Walter Benjamin se acordó de que también el lumpen, el oscurecido y el marginado, es  sujeto de la historia, aunque carezca del poder de producir. A fin de cuentas, como nos enseño Hegel, la historia, con mayúscula, no es más que el altar en que son sacrificados los otros. Y eso es algo que hay que tener en cuenta si se quiere cuestionar un sistema que ha hecho de la producción industrial de la pobreza un rasgo distintivo de nuestra sociedad.  

martes, 3 de junio de 2014

LA UTILIDAD DEL VOTO

Ya es habitual que en las campañas electorales aparezca algún candidato diciendo que el único voto útil es el que se hace a su partido, sea éste el que sea. Revela tal afirmación, por mucho que sea reiterada, un cierto desprecio a la democracia incompatible con el deseo de representar a los ciudadanos. Ahora que ya pasaron las últimas, se puede descubrir que útiles, son todos los votos. Los que van a un partido o a otro; sea mayoritario o  minoritario. Como de provecho son los blancos y también los negros, paradójicamente inutilizados. Son útiles también los no depositados por aquellos que creen que “no nos representan”, aunque alguno ahora parezca que sí se siente representado, o por los que simplemente pasan de ir a votar porque no les gusta ninguna opción, porque están contra la democracia formal o porque les da la gana y ya está. Entre todos, sin faltar ninguno, se construye el país y la democracia. Y quien cree que solo es útil lo suyo  (o lo de los suyos) manifiesta atisbos de un pensamiento totalitario que olvida que la democracia, además del gobierno de la mayoría, es el respeto de las minorías. Y eso por mucho que señalados partidarios de una concepción higienista de la sociedad de infausto recuerdo griten por las esquinas que aquí sobra gente. 
Diferente cosa es, y a veces lo uno y otro se confunde, qué hagan con nuestros votos los elegidos con ellos. No sólo porque varios presidentes de gobierno al día siguiente de las elecciones han dicho que el presidente de la Comisión Europea será quienes ellos decidan y les  importe un comino lo que diga el parlamento (luego crearán una comisión ad hoc para averiguar por qué hay desafección a la política que, por supuesto, echará la culpa a la crisis). Sino también por la pléyade de reglamentos y leyes que condicionan y matizan los resultados de la elección. Por ejemplo, un voto al Partido Popular, contrario a la consulta planteada por muchos catalanes, acaba en el mismo grupo parlamentario que muchos de los votos a CIU, partidaria de la consulta, pues Uniò Democrática de Catalunya y el PP se integran en el mismo grupo parlamentario (aunque otros votos a CIU se irán con los liberales con los que se asocia Convergencia y otros, al ir con otros grupos nacionalistas, terminarán en un grupo en el que confluyen partidos que tan poco tienen que ver entre sí como Coalición Canaria y Bildu).
 Además de los reglamentos, como el que obliga a ciertos grupos parlamentarios, también las leyes cambian los resultados. Suficiente es con atender a las proyecciones que entretienen a múltiples periodistas en estos días. Algunos, con ganas de gran coalición al servicio de los intereses de unos pocos, gritan alarmados que con estos resultados el país es ingobernable porque habrá un congreso totalmente fragmentado. Debe ser que han ido a Google y han aplicado el simulador de la Ley D’Hont como si España fuera circunscripción única y no cincuenta y dos. Con la ley electoral en la mano y los resultados de las elecciones europeas, muy poco cambia el Congreso de los Diputados. Algo sí, cómo no. Pero solamente once provincias podrán tener una representación proporcional (cosas de la Ley D’Hont y los que la defienden); mientras que el resto, como aquí, ya se sabe: reparto para los dos primeros o, a lo sumo, en algunos casos, migajas para el tercero. Diferente sería si la circunscripción fuera autonómica o hubiera un “colegio nacional de restos” o como se quiera llamar. Pero esperar de los que mandan que cambien la ley electoral, es mucho. Aunque tarde o temprano tendrán que hacerlo. 

martes, 20 de mayo de 2014

GUILLERMO, EL INGLÉS.

1989. La carátula de la serie Disappearing world, “Un mundo que desaparece”, de la británica Granada Television, se desvanece lentamente y deja paso al título de un nuevo programa: Villagers of the Sierra de Gredos, “Los pobladores de la Sierra de Gredos”. Las imágenes sucesivas de indígenas de diversas partes del globo terráqueo anteceden al sonido de los cencerros que mueven los negros bóvidos que lentamente ascienden el puerto desde las tierras bajas de Extremadura. Segundos después, un anciano al lado de una lumbre baja, pitillo en mano, se lamenta en perfecto castellano,  aunque subtitulado en inglés de los cambios que ha visto. Todo el mundo se ha ido y las huertas han sido olvidadas. Ya nadie quiere saber nada de la vida en el pueblo. Las palabras son demoledoras: “aquí en unos años, se queda ya todo visto.” Y, sin verlo, se oye al antropólogo que lo entrevista. Es William Kavanagh. 
Posiblemente muchos abulenses no lo conocen aunque él fuera notario de los cambios que sufrió el medio rural gredense en los últimos 40 años y una de las personas que más ha escrito y hablado sobre la trashumancia. En inglés y en castellano. A veces como Bill, a veces Guillermo el inglés, como lo llegarían a conocer en “su” pueblo. Un inglés de Oxford que no era inglés y que cuando llegó no entendía muy bien –era la época- por qué lo llamaban “el sueco”. Y mucho menos que llamaran a Mari Carmen, su mujer, “la sueca”.
Bill llegó por azar a España. Empezó trabajando como otros antropólogos oxonienses en África. Estando en Ghana, un golpe de estado aconsejó su salida del país. Sus maestros Beattie, Ardener y Needham, le animaron a que viniera a estudiar el modo de vida de los campesinos españoles en esa época en que el franquismo daba sus estertores y se aventuraban cambios profundos. Así es que, con un escaso castellano, la traducción de la que entonces era su novia y un Citroën Dyane, recorrió varios pueblos hasta que halló uno que por sus características le parecía adecuado para el objeto de su investigación. Hasta allí, en las faldas de Gredos, llegó como  investigador. Y ya no pudo salir de sus paisajes embrujados, del rumor del río y, cómo no, de las revolconas. Claro que, previamente, hubo de sortear algún reparo. No por “guiri”, como ahora se dice, ni tan siquiera por forastero sino, como le dijo un vecino que luego llegaría a ser amigo, porque entonces era muy difícil fiarse de “alguien con barbas”. 
Bill, vieja escuela de la antropología social inglesa, no quería exponer a sus vecinos, inicialmente informantes y luego amigos, más de la cuenta y por eso cada vez que escribía sobre su pueblo –y son numerosas las páginas- utilizaba un nombre ficticio: “La Nava de San Miguel”.  Cuando, tras soportar nuestras reiteradas peticiones, se decidió a abordar la traducción del libro que publicara en 1994 con el título de Villagers of the Sierra de Gredos, se vio asaltado nuevamente por las dudas sobre si mantener el seudónimo. Por una parte, no quería convertir a sus amigos en "exóticos" cercanos para turistas antropológicos. Por otra, nombrarlos era reconocerlos. Finalmente optó, cuestión de ética dijo, por mantenerlo. 
Hace algo más de un año, una fría y húmeda noche abulense, saliendo de una reunión de la Institución Gran Duque de Alba, de la que era miembro colaborador, sintió que no podía respirar. Aunque le ofrecí que se quedara en Ávila, estaba empeñado en regresar a Madrid esa noche. Esperamos en el coche un largo rato hasta que el aliento le volviera. Aunque superó esa crisis y otras más, la salud le fue dando disgusto tras disgusto. Aún así, con su carrito del oxígeno, siguió participando en las reuniones del IMA. No hubo, tampoco crisis que pudiera con su su ánimo encandilado con dos cosas tan diferentes como poder conocer a su primer nieto y ver su libro sobre Gredos publicado en castellano. La bonhomía de Bill, profundo amante de las tierras de Ávila que conoció palmo a palmo tras los trashumantes de “su” pueblo, se apagó hace pocos días. Nos quedan sus escritos. Y también su familia.