"La perfección de la vigilancia es una suma de insidias" Foucault

lunes, 27 de abril de 2015

LA BOLIVARIANA CONSTITUCIÓN ESPAÑOLA

Contaba hace unos días un diputado que se le había ocurrido twittear la siguiente expresión: “Toda la riqueza del país en sus distintas formas y sea cual fuere su titularidad, está subordinada al interés general”. Dice el susodicho, que ipso facto le contestaron unas cuantas decenas de los que le siguen en la citada red y, sobre todo, otros muchos que no sabía quiénes eran. Apunta el mentado que, uno de los epítetos que más le repitieron, fue el de “bolivariano.”  Va a ser pues que, en lo tocante a insultos, bolivariano se ha convertido hoy en equivalente de lo que hace tres o cuatro décadas fue “bolchevique” o, tal vez, leninista. No debería, en todo caso, preocuparse el diputado de marras:  los más que intentan denigrar a alguien llamándole “bolivariano” no tienen ni idea de quién era el tal Bolívar. O por su nombre completo, Simón José Antonio de la Santísima Trinidad Bolívar y Ponte Palacios y Blanco. Ya saben, el libertador al que invocan a cada paso otros que parece que tampoco saben muy bien quién fue el , con justicia, llamado “Hombre de América”. Lo más curioso, para el caso, es que en algunas bocas se ha puesto de moda identificar a Bolívar con Marx, como si fueran primos hermanos. Debe ser que no conocen que lo menos malo que Marx dijo del venezolano es que era un “falso libertador que simplemente trataba de preservar el poder de la vieja nobleza criolla a la que pertenecía.” A lo que añadió no pocos alfilerazos de escarnio. A fin de cuentas Marx era un europeo que no podía deshacerse tan fácilmente de sus prejuicios etnocéntricos y, aunque, respecto de Bolívar, en algunas cosas acertara, en otras, desvarío de lo lindo. 
Convendría, por tanto, no confundir el bolivarianismo, que pergeñó el finado Hugo Chávez metiendo en coctelera escritos de Bolívar y de otros cuantos pensadores, con lo que diría Bolívar si levantase la cabeza. De hecho, raro sería que Bolívar pudiese decir que “toda la riqueza del país está subordinada al interés general”. Seguro que Chávez, si lo asumiría. Y también su seguidor, aunque no sepa distinguir la mano derecha de la izquierda y gobierne desde la reacción con incendiaria retórica izquierdista. 
Volvamos al inicio. No extraña que le llovieran tantas críticas al diputado que se le ocurrió twittear  la tal expresión. Si asombra, o al menos eso le llamó la atención al citado político, que varios de los que le criticaron por poner en las redes tal aserto, fueran diputados de otros grupos políticos. Y también representantes públicos de otros niveles (diputados autonómicos y alcaldes y concejales). Le pasmó, decía sin salir de su asombro, porque todos ellos han jurado o prometido –algunos las dos cosas- la constitución española de 1978. No sólo aplicarla. También defenderla. Pues resulta que la constitución  dice en su artículo 128, apartado primero para más señas, que “toda la riqueza del país en sus distintas formas y sea cual fuere su titularidad, está subordinada al interés general”. Al general, no al privado.  Por tanto, concejales, diputados, senadores y todos los cargos públicos que juran o prometen la constitución están obligados a defender que la riqueza del país se debe subordinar al interés general. Claro que treinta años seguidos de gobiernos que han hecho lo contrario, seguramente ha generalizado el olvido de esta obligación.
Bueno sería que los munícipes que tomen posesión de aquí a poco más de un mes, también los diputados provinciales y los autonómicos, se leyeran la constitución antes de prometerla o jurarla. De lo contrario, como muchos de los que están y de los que se van, van a cometer un perjurio continuado. Bueno sería porque, tal vez, algunos no la jurarían o prometerían. O lo harían por imperativo legal, o poniendo objeciones a algunos artículos o cruzando los dedos por detrás o vaya usted a saber. Lo más divertido es que muchos de los que no creen en el artículo 128 –ni en tantos otros- se niegan de rotundo modo a que se cambie una sola coma del texto constitutcional. Prefieren ser perjuros a darle la razón a quienes dicen que la constitución necesita algo más que chapa y pintura. 

martes, 31 de marzo de 2015

UNA DE MIEDO

El miedo está presente en nuestras vidas de muchas formas. Hay miedos exacerbados y otros como tímidos. Hay miedo a perder el trabajo, a que te deje una novia, a tener un accidente o a que enferme alguien que quieres. También a no ir en una lista electoral e incluso a perder (o ganar) las elecciones. Miedo, tengo miedo, cantaba Marifé de Triana (y luego Rocío y luego “la” Pantoja). El miedo está presente en todas las culturas, en todas las sociedades, aunque cambie de forma. El miedo es, como decía Bauman, el nombre que damos a nuestras incertidumbres, esa extraña sensación de ignorancia ante lo que nos amenaza y que hace –evolutivamente- palpitar nuestro corazón más deprisa. Los relatos tradicionales, signifique esto lo que signifique, llevan años preparándonos para afrontarlo: que si el hombre del saco, una buena víbora –que decían Les Luthiers-, las ánimas de la Santa Compaña, el sacamantecas y todos esos que de pequeños nos daban pánico y de mayores, también, pero disimulado.  También asustan esos personajes salidos de manos hábiles que se han popularizado: el extraño mister Jekill, Frankestein, Drácula, Freddy Krueger o esa legión de zombies, vampiros y personajes postapocalípticos. 
Pero con esto del miedo pasan cosas raras: hay quien viendo a la niña del exorcista, por decir algo, siente un sudor frío. Y también quien roza la hilaridad. A quien ve una culebrilla y corre y corre hasta no parar. Otros disfrutan viendo como una boa constrictor se envuelve en el cuello de Salma Hayek (o cualquier imitadora) en una película de Robert Rodríguez. O sea, que no a todos nos provocan miedo las mismas cosas. Ni de la misma manera. En muy buena medida, porque el miedo es aprendido o construido, como quieran. Y eso lo saben muy bien los que se dedican, consciente o inconscientemente, a propagarlo. Por ejemplo, los reyes del entretenimiento –entre los que se incluyen algunos medios otrora serios-. Me refiero a esos que saben perfectamente que la gente asustada no critica (¡cómo criticar lo que pasa en tu empresa si te pueden despedir!); a los que presentan cada episodio atmosférico (por ejemplo, que hace frío en invierno y calor en verano, dónde vamos a parar), como un antecedente directo del sonido de las trompetas que derrumbaron las murallas de Jericó.
Intencionado o no, algunos medios de consumo cultural y también de los que antes fueron de comunicación, se han convertido en el principal instrumento de control social mediante la extensión de angustias sociales hasta lo patológico: atemoriza y dominas, parece que es el axioma con que trabajan. Siente miedo y serás dominado (o comprarás el magnífico producto que te vendo). La cultura del miedo se expresa por doquier: cuidado con lo comes, cuidado con lo que haces; cuidado con el vecino y con vivir solo. Cuidado con las  medicinas que tomas y más aún con no tomarlas. Todo en la vida es riesgo. Levantarse ya es arriesgado. Mejor, por favor, quédese en casa viendo por televisión cuántos desastres se reparten por el mundo (aunque, sepa Dios por qué, solo le tocan los pobres).  No haga nada. Así podremos criticarle por no hacerlo y responsabilizarle de todos los males del mundo. Y también, y sobre todo, podemos justificar cualquier cosa que hagamos para evitarle a usted, atemorizado ciudadano,  esa ansiedad que el televisor le provoca cuando no hay fútbol. 
 Pasaron las elecciones andaluzas. Con ellas un montón de miedos. De los que querían que no cambiara nada. De los que querían que cambiara todo. De los que decían sin mí, el caos. Y fue lunes, y todo siguió igual. Ahora vienen las municipales. Y las autonómicas. Y las catalanas después, tal vez. Más tarde las generales. Pues bien, no digo a quien voy a votar, porque sabido es. Pero, como consejo gratis: por favor, no vote a quien le quiera meter el miedo en el cuerpo.  Quien lo haga posiblemente esconda bajo la cama, cinco lobitos tiene la loba, un atisbo de pensamiento totalitario.

martes, 3 de marzo de 2015

(RE)GENERACIÓN, (DE)GENERACIÓN Y DES(ORIENTACIÓN)

Pocos años después de que la famosa Bastilla parisina fuera demolida sin dejar piedra, se instaló en el lugar que ocupaba una escultórica fuente, que fue llamada de la Regeneración. Era la mentada figura una mujer que semejaba ser reina egipcia. Brotaban de sus senos dos chorros de agua blanquecina que los buenos revolucionarios se aprestaban a beber. Como si las nutricias aguas los convirtieran, más allá de su pasado, en hombres nuevos en pleno proceso de renacimiento.  Ni que decir tiene que de la fuente, inaugurada en la que fue fiesta de la "unidad e indivisibilidad de la república", no queda ni rastro. Y de los afanes regeneracionistas de aquellos días, más bien algunas pesadillas y anhelos incumplidos. 
A cuento viene esto porque, sin tener que salir de las fronteras de nuestro país, desde entonces para acá, hemos construido y derribado tantas fuentes regeneradoras, que no sabemos ya si andamos hoy en plena generación o, como algunos retrógrados les gusta decir, sumidos en la degeneración. Claro que, sin revolución mediante, aquí la discusión la iniciamos un poco antes de que el rey francés perdiera la cabeza. De hecho, allá por los inicios del siglo XVI no pocos tratadistas castellanos se enzarzaron en polémicas literarias acerca de la licitud moral del arte de la medranza. Aunque muchos significados tuvo este término, siglo y medio después dejó Baltasar Gracián muy clarito su sentido en su inigualable El Criticón: “quien quisiere entender de raíz la política, el modo, el artificio, curse esta corte; aquí le ensañarán el atajo para medrar y valer en el mundo, el arte de ganar voluntades y tener amigos.” Desde entonces hasta hoy, la política en las Españas ha sido un combate continuo entre aquellos que de modo deshonesto miran principalmente para sí, y quienes pretenden que la política sea mirar para todos. 
Desde que el jesuita aragonés escribiera en 1651 las palabras dichas, los siglos nos han traído arbitristas, ilustrados, regeneracionistas de toda laya o noventayochistas predicando, cual pastores evangélicos, la necesidad del hombre nuevo. Más o menos como hoy. Y ello, sin saber bien qué quiere decir eso de regenerar la política pues, como decía el obcecado reaccionario de don Pío, “oír regeneración y escamarme es todo uno. Es una palabreja que está en boga. Para Sagasta significa estar en el poder; para Silvela, llegar a probarlo, y para Weyler, hacer del país un cuartel.” También hoy deberíamos recelar de ciertos personajes que tienen todo el día en su boca el llamamiento a la regeneración cuando son quiénes más han hecho para que ésta sea necesaria 
Como sea, intuitivamente no queda nadie que no entienda que, con un nombre u otro, resulta necesario denunciar la corrupción y el nefasto uso que del poder se hace por quien se cree su propietario y no su mero usufructuador. Vístase con la camiseta partidaria que lo envuelva. Y ello, por supuesto, sin deslizarse, cómo fácilmente les ocurre a más de uno, hacia derivas claramente antidemocráticas. En última instancia, como la historia nos ha enseñado aunque no lo hayamos aprendido, éstas, son en sí mismas corruptas. Pero es la historia un poco como la yenka y lo mismo va adelante que atrás, lo mismo a la derecha que a la izquierda. Si Fukuyama proclamó el fin de la historia, en continuidad con su neoliberal pensamiento dicen algunos que  para que los cambios se logren, hay que acabar primero con la distinción entre derecha ni izquierda. Mensaje nuevo que, no obstante, lleva repitiéndose desde que la distinción dejó de ser geográfica para ser ideológica. Mas olvidan algunos que las metáforas orientacionales, que dirían Lakoff y Johnson, van tan de la mano que sin izquierda no hay abajo, como sin derecha no hay arriba. Cuestión de campos semánticos. Pero mientras se discute sobre semántica, la cuestión clave, a saber, cómo distribuir la riqueza, pasa desapercibida o se desliza hacia un segundo término. Pasan los días y se agudiza su desigual reparto: cada vez menos, tienen más; cada día más, tienen menos. 
No se trata sólo de un problema de índole económica como muchos contables vestidos de gobernantes reiteran vendiendo una neutralidad de la que carecen: a la idea de cómo deben distribuirse los recursos que en el mundo hay, subyacen nítidas concepciones de la sociedad y del ser humano. Lo malo es que cuando algunos se les pone frente al espejo de lo que defienden, de las ideas  que sobre el ser humano subyacen a sus propuestas económicas, se niegan en redondo a reconocerse, aunque sotto voce sin manteniéndolas. Al final, las disonancias se imponen, verdad querido ministro, y antes que cambiar las ideas económicas se cambian las convicciones sobre el ser humano y la sociedad. Y así, el que reclama solidaridad la vende envuelta en pleno darwinismo social.  
Ya lo decía Benjamín, “la tradición de los oprimidos nos enseña que la regla es el estado de excepción en el que vivimos.”

viernes, 30 de enero de 2015

NO SIEMPRE 4+1 ES IGUAL A 3+2

Nuestro ínclito ministro de educación, cultura y deporte, ha tenido una nueva ocurrencia –o tal vez haya sido alguien de su equipo y él sólo la expone-. Resulta que no le gusta el sistema universitario de Bolonia, así es que  ha decidido que va a sustituirlo por otro. No pretende ajustar aquello que no va bien, algo que sería razonable. Sino directamente cambiarlo. De cabo a rabo. Cómo. Sustituyendo los grados de cuatro años, seguidos de un máster de uno, por otros de tres años, más dos de máster. Con ello, caso de que se implantara, tendríamos algunas universidades en el país en las que simultáneamente habría licenciaturas de cinco años a punto de extinguirse, grados de cuatro y grados de tres. Y máster de uno y de dos.
Dicen los listos de ministerio que así iríamos a la par que Europa. Que nuestros hijos tardarían menos que ahora en llegar al mercado laboral. No hay duda que resulta necesario renovar continuamente la universidad. Pero menos aún la hay de que no se pueden hacer cambios drásticos sin previamente evaluar si lo que hay funciona o no. Sin embargo, el sistema que nos impuso el anterior, el famoso plan Bolonia, está tan recientito que todavía no ha dado tiempo más que a que comience a dar sus primeros frutos. Es más, universidades hay donde está comenzando a implantarse ahora. No ha habido tiempo, por tanto, para evaluarlo y mucho menos para tener una visión de conjunto. Intuimos, pero no sabemos, qué va bien, qué va mal y qué ni siquiera va. Sabemos, eso sí, que tras los grados boloñeses, los máster multiplicaron sus precios al ritmo que bajaban las becas. Se pretende ahora que estudie la mocedad tres años de universidad al cabo de los cuales en la mayor parte de las disciplinas estarán sin apenas preparar. Volverán, por tanto, pero camufladas y con nombre cambiado, aquellas diplomaturas que hubo que transformar y pasar a licenciaturas porque no había tiempo para formarse.  Eso sí, los graduados con tres años, si quieren entrar en el mercado laboral, se verán abocados a realizar un máster. Cuánto tiempo: dos años. Vaya, los cinco de antes. La diferencia es que los dos años de máster costarán un pico. Pero nadie podrá quejarse porque la enseñanza básica universitaria –el grado- solo serán tres años y, en todo caso, quien quiera máster, ya sabe: que pida un crédito-matrícula y arreglado. Así, no siendo que vayan a quebrar, echaremos en manos de los bancos a los jóvenes sin que tengan que esperar algunos años más.

Ya puestos, alguien se ha preguntado en ese ministerio si están ahora mismo las ahogadas universidades en condiciones de asumir cambios drásticos dedicando parte de su personal a pensar en nuevos planes educativos, ofertas, estructuras, etc. Parece que no. Aún más. Se han preguntado acaso, y esto es lo relevante, si sustituir el 4+1 por el 3+2 mejorará la calidad de la enseñanza universitaria o si meramente permitirá ahorrar a las universidades por la vía de la reducción de plantilla mientras se expulsan jóvenes que no puedan pagar las tasas. No extraña que a las universidades españolas les cueste estar en los mejores puestos de los rankings internacionales: cada ministro que llega trae una varita mágica bajo el brazo que todo lo cambia y que obliga a las universidades a dedicar más esfuerzos y presupuestos a contentar a los nuevos ministros, es decir a ajustarse a las normas que cambian cada día, que a investigar o a mejorar la docencia.



miércoles, 7 de enero de 2015

¿ACASO NO SON HOMBRES?

 La  Española. Cuarto domingo de adviento. 21 de diciembre de 1511. Fray Antonio de Montesinos sube al púlpito de una iglesia abarrotada en cuyos primeros bancos se sientan las autoridades, incluido el Almirante Diego de Colón, gobernador de la isla. Año y medio antes, en compañía de fray Pedro de Córdoba, fray Bernardo de Santo Domingo y fray Domingo de Villamayor, había partido desde el convento abulense de Santo Tomás  –en cuya puerta se les recuerda con un monolito-. Montesinos se dispone a hablar en nombre de la comunidad dominica que lo ha elegido como portavoz para la prédica dominical. Mira a la concurrencia y les exhorta a que presten atención porque van a oír  la palabra “más áspera y dura y más espantable y peligrosa que jamás no pensasteis oír.” Antes de que los atónitos mandarines comiencen a moverse inquietos en sus asientos, la voz del fraile les advierte de que “todos estáis en pecado mortal y en él vivís y morís, por la crueldad y tiranía que usáis con estas inocentes gentes.” Y recordándoles a los taínos que tan mal trataban, les inquiere “estos, ¿no son hombres? ¿No tienen ánimas racionales? ¿No sois obligados a amallos como a vosotros mismos? ¿Esto no entendéis? ¿Esto no sentís? Tened por cierto, que en el estado que estáis no os podéis más salvar que los moros o turcos que carecen y no quieren la fe de Jesucristo.”

Quinientos tres años después, puede uno imaginarse a Montesinos al pie de las vallas melillense o ceutí gritando lo mismo: ¿acaso no son hombres? Pero seguro que el dominico, viendo las heridas provocadas por las concertinas, no lanzaría tales diatribas contra los agentes que cumplen órdenes, sino contra quien se las ordena desde un confortable despacho de Madrid antes o después de ir a misa. Más de uno, viendo a esos uniformados, recuerda aquello del Mío Cid de “qué buen vasallo, si oviesse buen señor.” Pero, el señor de marras está enredado en el arte de la confusión de causas y efectos y buscando qué prohibir. Porque con la ley mordaza, ese “monstruo jurídico” que ha pasado recientemente por el congreso, el buen fraile Montesinos podría ser sancionado por ofender a España. Máxime, si tenemos en cuenta que ante las amenazas que las autoridades vertieron contra los dominicos amenazándolos con expulsarlos de la isla, los frailes volvieron al siguiente domingo, 28 de diciembre, con un sermón en el que erre que erre, denunciaban los atropellos que cometían los que olvidaban los derechos que los seres humanos tienen por el simple hecho de serlo.

Omisión que, por lo demás, parece que ocurre frecuentemente en el ministerio del interior. Un derecho es un derecho y por mucho que nuestros diputados aprueben leyes que pretendan obviarlos, no desaparece en el agua, como  lo han hecho cerca de 20.000 personas que en el último decenio han dejado su vida en aguas territoriales españolas en su intento de llegar a la costa. Recomendable sería pues que estos adalides de la inmaculada constitución, para lo que quieren, se la vuelvan a leer y redacten  leyes, si preciso es, que sean acordes con su espíritu y su letra. Leyes que no la contradigan. Y por si algún desmemoriado hay entre los que la muestran pero no la abren para leerla, puede recordárseles que dice uno de los artículos de la mentada carta que “las normas relativas a los derechos fundamentales y a las libertades que la Constitución reconoce se interpretarán de conformidad con la Declaración Universal de Derechos Humanos y los tratados y acuerdos internacionales sobre las mismas materias ratificados por España.”  Si no la cumplen, por mucho que la tengan en la boca, no se quejen después de que cada vez haya más personas que pidan que se cambie total o parcialmente.

martes, 9 de diciembre de 2014

NO SIEMPRE 4+1 ES IGUAL A 3+2

       Nuestro ínclito ministro de educación, cultura y deporte, ha tenido una nueva ocurrencia –o tal vez haya sido alguien de su equipo y él sólo la expone e impone-. Resulta que no le gusta el sistema universitario de Bolonia, así es que  ha decidido que va a sustituirlo por otro. No pretende ajustar aquello que no va bien, algo que sería razonable. Sino directamente cambiarlo. De cabo a rabo. Cómo. Sustituyendo los grados de cuatro años, seguidos de un máster de uno, por otros de tres años, más dos de máster. Con ello, caso de que se implantara, tendríamos algunas universidades en el país en las que simultáneamente habría licenciaturas de cinco años a punto de extinguirse, grados de cuatro y grados de tres. Y máster de uno y de dos.  
Dicen los listos de ministerio que así iríamos a la par que Europa. Que nuestros hijos tardarían menos que ahora en llegar al mercado laboral. No hay duda que resulta necesario renovar continuamente la universidad. Pero menos aún la hay de que no se pueden hacer cambios drásticos sin previamente evaluar si lo que hay funciona o no. Sin embargo, el sistema que se nos impuso hace tan poco, el famoso plan Bolonia, está tan recientito que todavía no ha dado tiempo más que a que comience a dar sus primeros frutos. Es más, universidades hay donde está comenzando a implantarse ahora. No ha habido tiempo, por tanto, para evaluarlo y mucho menos para tener una visión de conjunto. Intuimos, pero no sabemos, qué va bien, qué va mal y qué ni siquiera va. Sabemos, eso sí, que tras los grados boloñeses, los máster multiplicaron sus precios al ritmo que bajaban las becas. Se pretende ahora que estudie la mocedad tres años de universidad al cabo de los cuales en la mayor parte de las disciplinas estarán sin apenas preparar. Volverán, por tanto, pero camufladas y con nombre cambiado, aquellas diplomaturas que hubo que transformar y pasar a licenciaturas porque no había tiempo para formarse. Eso sí, los graduados con tres años, si quieren entrar en el mercado laboral, se verán abocados a realizar un máster. Cuánto tiempo: dos años. Vaya, los cinco de antes. La diferencia es que los dos años de máster costarán un ojo de la cara. Pero nadie podrá quejarse porque la enseñanza básica universitaria –el grado- solo serán tres años y, en todo caso, quien quiera máster, ya sabe: que pida un crédito-matrícula y arreglado. Así, no siendo que vayan a quebrar, echaremos en manos de los bancos a los jóvenes sin que tengan que esperar algunos años más. 
Ya puestos, alguien se ha preguntado en ese ministerio si están ahora mismo las ahogadas universidades en condiciones de asumir cambios drásticos dedicando parte de su personal a pensar en nuevos planes educativos, ofertas, estructuras, etc. Parece que no. Aún más. Se han preguntado acaso, y esto es lo relevante, si sustituir el 4+1 por el 3+2 mejorará la calidad de la enseñanza universitaria. Porque da la impresión de que lo que se persigue es meramente ahorrar por la vía de la reducción de plantillas del profesorado universitario convertido recientemente en chivo expiatorio de tantos problemas. Si, al hacerlo, se expulsa de la universidad a miles de jóvenes que no podrán pagar las desorbitadas tasas de los másteres, parece que no les importa a quienes creen que la universidad debe ser solo para una élite. No extraña, mientras tanto, que a las universidades españolas les cueste estar en los mejores puestos de los rankings internacionales: cada ministro que llega trae una varita mágica bajo el brazo que todo lo cambia y que les obliga a dedicar más esfuerzos y presupuestos a contentar a los nuevos ministros, es decir a ajustarse a las normas que cambian cada día, que a investigar o a mejorar la docencia.

miércoles, 2 de julio de 2014

“ES UN DESIERTO CIRCULAR EL MUNDO, EL CIELO ESTÁ CERRADO Y EL INFIERNO VACÍO”

En 2014 concluiremos en España, según dicen las más razonables previsiones, con medio millón menos de extranjeros censados que en 2013. En 2013 ya hubo menos extranjeros censados en España que en 2012. En 2012 ya hubo menos que en 2011. Y en ese año, menos que en el anterior. Como consecuencia de estas reducciones, según dicen las estadísticas del instituto nacional del mismo nombre, en cuatro años un millón menos de extranjeros vivirán en España. Pero como hablar de personas de otra nacionalidad evoca en la mente de los más, imágenes de patera y de desolación entre aguas, bueno será recordar que, en números redondos, un millón de los actualmente censados en España son de Gran Bretaña, Alemania, Italia, Portugal y Francia. 
A cuento vienen estos datos de que muchas gentes biempensantes se han escandalizado en los últimos días al ver a miles de niños abandonados, o viajeros solitarios, en la frontera entre México y los Estados Unidos. Como si no los hubiera en las fronteras que la Unión Europea teje y enreda por todo el sur. Pero aquellos están lejos y evitan o mitigan, gracias a la distancia, nuestra sensación de culpa. Estos otros, cercanos, mirando a través de las vallas cada vez más ensangrentadas o tirados en el fondo de paquebotes que llegan al sur de Italia, de Malta o de cualquier playa gaditana, nos asaltan con su proximidad invitándonos a la cotidiana hipocresía. Dice el informativo que no se comprende cómo esas mujeres, inconscientes suena el murmullo no explícito, son capaces de lanzarse al mar con sus hijos recién nacidos o aún por nacer. Otra vez el discurso fingidor que no quiere ver que la inmensa mayoría de esos pequeños y de esos embarazos son parte del pago que las mujeres que migran tienen que hacer con su propio cuerpo en forma de violaciones sufridas desde que salen de sus pueblos. 
 Pero miramos como si no fuera con nosotros. Como si quienes huyen del hambre de sus hijos, de la guerra de sus padres, de la desolación de un territorio devastado, fuesen los causantes de su propia incuria. Habría que recordar las tesis ya clásicas de André Gunder Frank  quien mostró como el subdesarrollo no era más que la cara oculta del desarrollo; que no hay progreso y crecimiento de unos países y sus habitantes sin el retroceso y empobrecimiento de los otros. Así pues, basta ya de que en este o aquel partido político, en este o aquel medio de comunicación, se hable de “ilegales”, como si una persona pudiera ser tal. Porque, efectivamente, las acciones contrarias a la ley son ilegales. Pero, no las personas. Muchas de ellas, por cierto, arrumbadas y desechadas como si no lo fueran en esos infames guantánamos entre nosotros, que son los “centros de internamiento para extranjeros”. Esos que por toda Europa, se llenan de gentes que no han cometido delito alguno.
Pero para dolorosa ironía, mientras nuestras autoridades -nacionales e internacionales- hacen todo lo posible para impedir que otros lleguen hasta la atalaya desde la que vemos el mundo, comentaristas hay que se alarman y gritan por los rincones ante el inminente suicidio demográfico al que Europa, y España en particular, se abocan. Miran algunos los campos que antes fueron fértiles y ahora languidecen desatendidos; lamentan que lo antaño fecundo, sea hogaño yermo y que se vacíen de vida los pueblos. Y para ponerle remedio se juntan y elaboran complejas e inútiles agendas destinadas a atraer a quien no quiere venir y a cerrar la puerta a quien quiere entrar. Suspiran por el envejecimiento de la población a la vez que estigmatizan a los miles de jóvenes que ven desde el otro lado del Estrecho, como diría Octavio Paz, que “muere de sed el mar”. Y todo ello, nuevamente el mismo poeta que me permite titular esta columna, sin percartarse que “es un desierto circular el mundo.” En esta última colaboración antes del verano, tal vez lo único que se pueda decir, con palabras prestadas de Caballero Bonald, es que en este tiempo que nos vienes, sean “bienaventurados los insumisos.”